¿Igualdad o equidad?

A lo largo de la historia, distintos grupos minoritarios han emprendido movimientos e iniciativas para que se les reconozca, valore y acepte en el contexto social en que les tocó vivir. Personas sometidas a la esclavitud, menospreciadas por cuestiones de raza, nacionalidad o género, u olvidadas por carecer de las capacidades económicas para comprarse un ascenso social.

Entre esos grupos minoritarios, que se han abierto camino a golpe de lucha, se encuentran las mujeres. Quienes ahora podemos desempeñarnos en la profesión que elegimos, decidir si queremos formar una familia o no, y cuándo hacerlo, si es el caso, y demostramos día con día que tenemos muchas otras capacidades, además de la maternidad, no debemos olvidar que si hoy hacemos todo eso con relativa normalidad, es porque muchas de nuestras predecesoras enfrentaron las condiciones adversas y se opusieron a quienes pretendían negarles derechos y libertades.

También hemos de admitir que aún existen lugares, círculos sociales y circunstancias de la vida cotidiana en las que todavía se discrimina y menosprecia a las personas por motivos de género. Mientras tales situaciones prevalezcan, aunque sea en una mínima expresión, los esfuerzos por generar el cambio deben mantenerse.

En distintos ámbitos, como los medios de comunicación, las conversaciones coloquiales, la familia e incluso la escuela, se describe a los colectivos feministas como grupos que luchan por la igualdad; es decir, se piensa que el objetivo de las mujeres es recibir el mismo trato, desempeñar las mismas funciones y tener los mismos derechos que los hombres. Más aún, se ha llegado a exagerar, banalizar o ridiculizar este propósito, diciendo que esas mujeres quieren ser como los hombres en todos los aspectos.

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Por absurda que pueda ser la afirmación anterior, lo cierto es que, en estricto sentido, eso es lo que implicaría una lucha por la igualdad. Si pensamos que la lucha de las mujeres, o de los pueblos indígenas, las personas con capacidades diferentes, los homosexuales o cualquier otro grupo minoritario, consiste en ser iguales al resto de la sociedad, tendríamos que en última instancia, lo que tales movimientos buscan es suprimir la diversidad. Porque el primer paso para tratar de igualarnos sería el negar o pasar por alto las diferencias.

Pero, ¿en verdad queremos esto último? ¿Realmente sería posible o deseable construir una sociedad en la que todos pensaran, opinaran y se comportaran exactamente de la misma forma? ¿Esa sería la auténtica solución a los problemas de violencia, discriminación y exclusión que ahora vivimos? En mi opinión, y en la de activistas como William Soto Santiago, que apoyan las causas de grupos minoritarios, suprimir las diferencias no sería la solución. Una sociedad igualitaria no sería más abierta ni tolerante, porque al igualar suprimiría precisamente lo que no puede tolerar.

Por ello es que algunos especialistas consideran más adecuado el término equidad. Con él no se cae en el error de plantear que todas las personas deben ser iguales y que, por tanto, deben suprimirse las diferencias; pero sí se defiende que cada ser humano es digno de respeto, consideración y atención, independientemente de cual sea su raza, género, nacionalidad o preferencia ideológica.

En una sociedad equitativa, las mujeres no tendrían que comportarse como hombres para acceder al tipo de oportunidades que tienen ellos. Tampoco deberían ajustarse por la fuerza a los roles que tradicionalmente se les han asignado. Lo que sí podrían hacer es elegir libremente los ámbitos en los que quieren desarrollarse con base en sus capacidades, ya sea el profesional, el familiar o ambos; para de esta forma tener una vida plena y feliz.

La igualdad podría borrar las diferencias y con ello suprimir algunos de los conflictos más inmediatos. Pero también acabaría con la diversidad y es ésta la que realmente nos enriquece.